ROMANTIQUÍSIMO

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“De repente, los jóvenes de toda Europa empezaron a suicidarse. Curiosamente, muchos de aquellos jóvenes que aparecían muertos vestían frac azul, chaleco y pantalones amarillos, y botas de montar, como vestía el protagonista de “Los sufrimientos del joven Werters”, la novela con la que nació el Romanticismo de la mano de Goethe, el primer best-seller de la literatura alemana, allá por 1.774, y a partir de ese momento ya nada sería igual, había nacido el Romanticismo.”

Así comienza uno de los capítulos más interesantes del más que interesante libro de Ramon Gener “Si Beethoven pudiera escucharme”. En el nos habla de muchas cosas relacionadas con la música, con las emociones y con el arte, pero fue este capítulo en concreto el que más me sorprendió. Les cuento.

Es a partir de la aparición del romanticismo cuando cambia la relación del artista y su creación, a partir de ese momento, y según palabras del autor “desde que el romanticismo apareció a finales del S XVIII y principios del XIX hemos interiorizado y aceptado socialmente que la creatividad y el sufrimiento son conceptos que van unidos. Hemos aceptado que cualquier forma de expresión artística conduce inexorablemente a algún tipo de angustia”.

Yo voy más allá entendiendo que cualquier creación artística que no nazca con las anteriores connotaciones adolece desde el principio de cierto status, sin entender en absoluto porque debe ser así.

Pero todo lo leído y expuesto no me lleva a otro lugar que a buscar su paralelismo social, e intentar expresar mi opinión sobre lo que este movimiento supuso para las relaciones humanas, a las que creo que el romanticismo hizo mucho más daño que cualquier otra  expresión artística o social, intensificando la idea del sentimiento por encima de todo lo demás, hasta de la más pura lógica o la más mínima constatación de la realidad.

No es que el ideal romántico en el amor no existiese antes de su nacimiento como movimiento cultural, pero su aparición intensificó su expansión a la hora de enfocar socialmente las relaciones amorosas, argumentando que estas sólo debían basarse en un profundo sentimiento, sin atender a ningún otro factor, cosa poco usual hasta entonces, y que puedes o no compartir sin rasgarte las vestiduras. Creo que existen muchas mas cosas en una relación de pareja que la continua exaltación del sentimiento como motor de todo, entiendo que la mayoría de casos en que las que estas se basan casi exclusivamente en un sentimiento sin que se den otras coincidencias, que entiendo vitales y mucho más importantes, convierten el camino en algo impracticable y tremendamente inhóspito.

Todo lo que tocó el romanticismo lo convirtió en un sentimiento mucho más enrevesado y pomposo de lo que es en realidad. El concepto romano o griego del amor o del sexo son muchos más avanzados que el que se tenga hoy por hoy en el país más avanzado del mundo, y el romanticismo vino a decirnos que el amor llevaba implícita una carga de responsabilidad hacia uno mismo que nunca he llegado a entender.

El romanticismo aportó una conciencia absolutamente inconsciente al amor, y cuando dotas de conciencia cualquier cosa mermas su libertad, y le extirpas cualquier naturalidad y cualquier belleza que pueda poseer.

Ferviente defensor del amor y absoluto detractor de disfrazarlo con romanticismos, creo en la naturalidad por encimo de cualquier impostura y entiendo el romanticismo como una de ellas.

De su propia definición extraemos como una de sus bases es el idealismo, pero no la búsqueda de nuevos y mejores ideales, sino tornar sus significado hacia algo inalcanzable, con lo que su posterior desengaño por no conseguirlo esta garantizado, con todo lo que este acarrea.

Creo que el anterior punto está bien reflejado en la sociedad actual si ponemos el punto de mira en las relaciones de pareja, y vemos como siempre nos creemos que viviremos algo que nunca vivimos, siempre cargados de expectativas y sin poder agarrarnos a ninguna realidad, porque no nos gusta la realidad que nos rodea, y vivimos creyendo que algún día cambiará, y no sólo no cambia, sino que empeora.

Pero somos unos románticos.

Quizás sea este el pataleo de un señor que ya no se cree casi nada de lo que parece, quizás, pero la verdad es que nunca creí en el romanticismo como motor o valuarte de nada, siempre busqué la consistencia que lo amparaba, y si esta existía, el romanticismo no tenía cabida, es más, incluso podría llegar a molestarme.

A todos sus seguidores os deseo lo mejor, a los que no lo somos, deciros que quizás deberíamos haberlo sido, puede que las cosas nos hubieran ido mejor si en algún momento hubiésemos enmascarado la verdad con un toque de romanticismo.

Espero que nadie se tome en serio mis palabras, eso me preocuparía aun más que convertirme en un romántico a mi edad.

La que encabeza y ameniza hoy este lo que sea es Lisa Ekdahl, un sueca con una voz incalculable, casi extraterrestre.

Buenas y románticas noches.

 

 

 


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